La Coctelera

Categoría: Relatos

La despedida.

De qué te servirá mi mirada.

Los dos frente a frente envueltos en el silencio. Inmóviles, los dos. Unidos sólo por el tiempo que, ya imposible el presente, siempre será pasado.

Mis brazos caídos, sintiendo el peso de unas manos que ya no pueden acariciar. Que nunca más acariciarán.

Tus manos reposando cruzadas sobre el pecho inerte.

Tus párpados cerrados. ¿De qué me serviría tu mirada?


Imagen: "Junto al lecho de muerte". Edvard Munch, 1895

La sencillez.

Su profesor de Composición Literaria le había aconsejado que buscara siempre la sencillez.

"Olvídate de los adjetivos", le suplicaba.

Ay, aquel viejo, chiflado y necio profesor. Tan superficial, insustancial, trivial, frívolo, vacío, liviano, huero, vano, frustrado y desvergonzado como atrevido, arrogante, deslenguado, petulante, jactancioso, presumido, incapaz, inepto, obtuso, negado, desmañado, incompetente, tardo, nulo, negado, inútil, cerril, desastre, zote, zopenco...


Imagen: "Letras". Juan Navarro de Baldeweg. 1998.

Caballitos de cartón.

Al ver su imagen reflejada en el cristal del escaparate, se dio cuenta de que el tiempo, irremediablemente, había pasado demasiado deprisa.

No fueron sus canas, ni su rostro entristecido y arrugado, ni sus hombros encogidos. No fue su mirada dubitativa o su gesto abatido.

En el escaparate ya no estaban los caballitos de cartón que hasta ayer, justo hasta ayer mismo, habían alimentado todas sus ilusiones.


Imagen: "Anticuario". Francisco Silluè, 1995.

La muñeca.

Sólo ella conocía todos sus secretos.

Desde el primer instante supo el significado de la palabra lealtad. Por eso, siempre había cumplido las leyes de la fidelidad, y siempre se había visto tratada con gratitud.

Ahora, después de tantos años, sabía que todos esos afectos habían sido recíprocos.

Y, a pesar de que sentía el dolor inmenso del silencio y la soledad, estaba segura de que sus labios permanecerían para siempre cerrados.


Imagen:  "La muñeca". Jaume Queralt, 1987.

Los sueños.

Él la miró a ella, a tan solo unos centímetros de su aliento. Y le dijo:

- Siempre sueño con el pasado. Nunca con el futuro.

Cuando ella abandonó el ascensor, pensó que al menos los borrachos no hablan del tiempo.

Y tal vez digan la verdad.


Imagen: "Sueño". Andrés Cillero, 1993.

El viento.

El viento traspasó la ventana del verano. Sintió en el rostro su voz, su caricia y su aroma. Echó de menos su mirada.


Imagen: "Wind from the Sea". Andrew Wyeth, 1948.
 

La lágrima.

En su rostro nadie podría adivinar rabia ni rencor. Los labios apretados mostraban tal vez sólo decepción. Pero el brillo de sus ojos, aquella lágrima que se negaba a salir al exterior y resbalar por una inocente mejilla, nos descubría a todos su infinita dignidad.

Por su mente jamás pasaría la idea del perdón.


Imagen: "La pequeña Ana", Axel Gallen-Kallela. 1897

Paréntesis.

Cruzaban sus miradas unos a otros en torno a la mesa. Una mesa cubierta de copas a punto de llegar a su fin. Botellas secas, copas casi vacías, ceniceros rebosando humo y colillas. Miradas severas. Gestos compungidos. Un mal resultado, un pésimo partido. Silencios decepcionados.

Él miró disimuladamente su reloj y contaba los minutos que faltaban para volver a abrazarla. Para volver a besarla. Para volver a amarla. A ella.


Imagen: "Almuerzo con pintores de Skagen", Peter Severin Krøyer. 1883.