Se sentaron, como todos los sábados por la tarde desde hace casi veinte años, para tomar un café y unas pastas. Se sentaron para conversar nuevamente sobre don Diego, o sobre Dieguito, según sea una u otra la que habla. Eran tantos los recuerdos. Una u otra sacaba, de vez en cuando, alguna carta o alguna foto, y se quedaban las dos contemplando el recuerdo entre sus manos.

Ya no había lágrimas. En otros tiempos sí las hubo. La una y la otra lloraron por culpa de don Diego, o Dieguito. Las dos lloraron con razón. La una por culpa de la otra, la otra por culpa de la una. Después ya no lloraron hasta que él murió. Y fue allí, ante su tumba, donde las dos mujeres se vieron por primera vez las caras, se miraron a los ojos con firmeza y se dieron cuenta de que Dieguito, o don Diego, las había hecho muy felices a las dos.

Pasó algún tiempo hasta que una invitó a la otra a merendar, un sábado por la tarde. Creía que podía conocer mejor al hombre tanto tiempo amado si descubría la otra parte de su vida, y, de esa manera, amarlo de una forma más completa. La otra pensó que quizás no fuera tan buena idea, pero acudió a la cita.

Han pasado casi veinte años desde aquel primer café con pastas.

Ya no hay reproches.

Imagen: "Dos mujeres bajo la lámpara". Edouard Vuillard.