Tras un viaje en tren demasiado largo, entré en la cafetería, cansado y casi sin apetito. El local estaba vacío y ella pudo atenderme sin demora:
- Un sandwich mixto, por favor.
- No tengo jamón.
- Pues póngamelo sólo de queso.
- No tengo queso.
La miré decepcionado.
Mi cansancio y mi desgana sólo requerían un sandwich mixto.
El local estaba vacío y silencioso.
Miré sus ojos, miré sus labios.
- ¿Qué puede ofrecerme?
Miró mis ojos. Miró mis labios.
- ¿Amor eterno?
El próximo sábado cumpliremos nuestras bodas de plata.
Y sigo mirando sus ojos y sus labios. Y la sigo deseando a cada instante.

Imagen: "Mujer" (1989), de Montserrat Gudiol.