El hermano prefecto daba a diestro y siniestro, sin contemplaciones. Me lo advertía mi hermano la víspera de mi primer día en el colegio La Salle.

En el patio de recreo se congregaban casi mil niños (sólo varones), desde primero de primaria con su griterío, carreras y algarabía, hasta sexto de bachiller, circunspectos, con americana, camisa blanca y corbata.
Cuando el hermano prefecto tocaba el silbato por primera vez, los casi mil niños se colocaban en ordenadas filas, cada uno con su grupo, frente al hermano o al profesor que tuviera en ese momento que impartirles clase.
El segundo toque de silbato del hermano prefecto dejaba al instante aquel patio en un terrible y absoluto silencio. Recuerdo que fue aquélla la primera vez que mis piernas temblaron.
Con el tercer toque de silbato, la primera fila se ponía en marcha hacia las aulas. Apenas el ligero sonido de los pasos de casi mil niños lograba ocultar el silencio que reinaba en aquel patio.
No eran tan maravillosos años. La sotana del prefecto era negra, como después lo sería la pasta de mis primeras gafas.