El hermano Alfredo era un gigante. Su sotana le quedaba por encima del tobillo, lo que era motivo de ocultas risas entre los niños. Su cara, roja, asustaba. Ahora pienso que quizás eran secuelas de un acné juvenil, porque el hermano Alfredo debía ser muy joven.
Pero éramos niños, y por eso hablábamos y reíamos cuando, todos en fila en la puerta de la clase, esperábamos a que el hermano Ignacio encontrara la llave para poder entrar al aula. Cerraban las aulas con llave aun sabiendo que ni el más aguerrido pirata de los mares del sur se atrevería a cruzar aquellos pasillos durante la media hora del recreo.
De algún rincón del pasillo, al oír las voces de los niños, apareció el hermano Alfredo soltando mandobles a todo lo vivo y lo inerte. Uno de sus golpes fue a caer sobre el bueno de Casorrán, alumno modelo y envidia de todos porque, además de ser muy listo, era un gran compañero. El tortazo del hermano Alfredo le pilló tan de sorpresa y a traición, que Casorrán cayó al suelo y se partió un diente.
Cuando, muchos años después, reconocí a Casorrán ya adulto, y nos saludamos, todavía tenía aquel diente partido que había pasado a formar parte de su personalidad.
El hermano Alfredo jamás pidió perdón. Si sigue vivo, será sexagenario. Quizás piense que todo lo hizo bien, con la ayuda de Dios.
Alguien dirá que guardo rencor u odio. Sí, es cierto. Es lo que me enseñaron. Y lo aprendí bien.