Esta obra del pintor Juan Martínez se titula "Algunos no cuentan". Miro los rostros, los descubiertos y los tachados. Intento adivinar en sus miradas por qué unos cuentan y otros no cuentan.
Y los que sí cuentan hasta qué punto lo hacen. Te invito a que contemples con calma durante treinta segundos esta imagen. Detente en cada uno de los rostros. También en los tachados. Sobre todo en los tachados.
Juan Martínez nació en Navas de San Juan (Jaén) en 1942. De niño emigró con su familia a Cataluña, estudió arquitectura en Barcelona y se marchó a pintar a Searclens, en Suiza. Él mismo dice sentirse hijo del desarraigo. Desde su primera exposición en Ginebra, en 1967, su obra está presente en relevantes museos de pintura moderna: Beaux-Arts (Ginebra), Arte Contemporáneo (Madrid), Guggenheim (Nueva York), Budapest, Pittsburg (Pensylvania), etc., además de recorrer importantes galerías europeas o americanas.
Es difícil quedarse indiferente ante la obra de Juan Martínez. El escritor Carlos Fuentes afirma que "en las pinturas de Martínez está la banalidad de lo inmediato y la desolación de lo existente. Hay en sus gentes vacío y tensión". Sus recursos son letras, escaleras, cruces, graffiti, guirnaldas, tulipanes, el blanco, el negro, el rojo.
"Yo no empleaba el verde, que me dominaba; me atrae el rojo que me quema, el amarillo, que me excita, el negro que me acompaña y el blanco, que me espera."
Y, sobre todo, los rostros. Seres que gritan y nadie los oye, porque sus "gritos sólo son audibles para los que saben mirar". Rostros tristes, compungidos, solitarios.
Mirando los rostros de Martínez, atenazados algunos por el miedo enorme que incluso les impide el llanto, me pregunto quién no cuenta. No serán las personas, sino las actitudes lo que sobra. Sobra el miedo, sobra la tensión que oprime y la impotencia incluso para el grito. Sobra la prepotencia, la estupidez, el desarraigo, la indiferencia.
Quizás sería mejor buscar qué nos falta. Tal vez lo que nos falta es saber mirar, para escuchar los gritos.
El palomo sobrevuela sobre esos rostros, sobre la gente que no cuenta, sobre la que grita en silencio, sobre la que no puede ni llorar de miedo. Observa los ojos y las miradas, los gestos, los silencios. Descubre, sobre todo, soledad. El palomo, en su vuelo, intenta aprender a mirar.
Al principio del artículo te invitaba a contemplar durante treinta segundos "Algunos no cuentan". Ahora me atrevo a preguntarte: ¿Sentiste algo?.
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