En su rostro nadie podría adivinar rabia ni rencor. Los labios apretados mostraban tal vez sólo decepción. Pero el brillo de sus ojos, aquella lágrima que se negaba a salir al exterior y resbalar por una inocente mejilla, nos descubría a todos su infinita dignidad.

Por su mente jamás pasaría la idea del perdón.


Imagen: "La pequeña Ana", Axel Gallen-Kallela. 1897