A veces, no sabe muy bien por qué, quizás porque posa su mirada desenfocada sobre realidades que alguien se atreve a cuestionar, el palomo miope se pregunta cuál es el rostro del miedo, del horror, de la desesperanza... Y cuál es el rostro del olvido.

En La historia de Erika (Kalandra Editora, 2005), Ruth Vander Zee nos quiere hablar de la esperanza ante el horror. Se trata de un relato duro, escrito para conmemorar el 60 aniversario de la liberación de Auschwitz. El libro retoma el doloroso tema de Rosa Blanca -del que ya se habló aquí hace unos días- y, como éste, cuenta con unas impresionantes, estremecedoras y subyugantes ilustraciones de Roberto Innocenti.

Aquí también es una niña la protagonista. Pero en esta ocasión es la propia Erika, superviviente del holocausto, quien cuenta su historia a Ruth Vander Zee, la historia verídica de un bebé arrojado por sus padres desde uno de los trenes que los nazis llevaban a los campos de exterminio. El bebé era Erika.

Erika sólo sabe que nació en 1944, pero desconoce la fecha exacta de su nacimiento, la ciudad o el país, incluso su nombre auténtico. Tampoco sabe si tuvo hermanos, ni cómo se llamaban sus padres... Pero toda esa ausencia no le impide imaginar cómo pudieron haber sido los pocos días que pasó con su familia, cómo se sentirían sus padres al tener que abandonar su casa y sus bienes, obligados por las tropas alemanas a vivir en un gueto. Puede imaginar el abrazo de su madre, en aquel vagón lleno de lágrimas, hedor y espanto. Y aquella decisión terrible. Aquel gesto desgarrador que arrojó a la pequeña bebé fuera del tren que les conducía a la muerte.

Sabe Erika que su pequeño cuerpecito, envuelto en una manta tal vez de color rosa -así la ilustra Innocenti entre imágenes en blanco y negro, evocando a la niña del abrigo rojo de La lista de Schindler- cayó sobre la hierba junto a un paso a nivel. Sabe que alguien la recogió, que fue entregada a una mujer que la cuidó, la alimentó, la educó...

En este libro, Innocenti recurre a las imágenes en blanco y negro, recordando aquellas viejas fotografías de la Segunda Guerra Mundial. Las figuras humanas carecen de rostro. Víctimas y verdugos aparecen de espaldas o cortados por la cintura. Sin embargo, las ilustraciones que abren y cierran esta historia son a todo color, pero en ellas una Erika, ya crecida y fuera del horror de la guerra, tampoco nos muestra su rostro.

El palomo miope quiere pensar que, por fortuna, libros como éste de Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti, ubicados y promocionados debidamente en las bibliotecas de los colegios e institutos, podrán ser capaces de mantener viva la memoria, para evitar que los sinvergüenzas pretendan confundirnos o engañarnos.


Imágenes:
1. Portada del libro "La historia de Erika". Kalandra Editora. Pontevedra, 2005.
2 y 3. Ilustraciones de Roberto Innocenti para el citado libro.
4. La autora del texto, Ruth Vander Zee (Chicago, 1944).