Al ver su imagen reflejada en el cristal del escaparate, se dio cuenta de que el tiempo, irremediablemente, había pasado demasiado deprisa.

No fueron sus canas, ni su rostro entristecido y arrugado, ni sus hombros encogidos. No fue su mirada dubitativa o su gesto abatido.

En el escaparate ya no estaban los caballitos de cartón que hasta ayer, justo hasta ayer mismo, habían alimentado todas sus ilusiones.


Imagen: "Anticuario". Francisco Silluè, 1995.