El palomo miope lleva mucho tiempo oculto en las cornisas de los viejos edificios de la ciudad, contemplando aburrido el discurrir monótono de los días.
Y, de repente, tal vez animado por el sol y la temperatura primaveral, quizás harto de contemplar su propia imagen en los charcos de las plazas y avenidas, recupera su mirada miope y quiere hacerlo de la mano del amigo Manuel y el artista del que habla en el último comentario en este blog, Antonio Castelló Avilleira, un madrileño nacido en el 72 cuya obra, en un primer golpe de vista, sencillamente impresiona.
El hiperrealismo surge a finales de los 60 en los Estados Unidos como una tendencia radical de la pintura realista que propone reproducir la realidad de manera casi fotográfica, o sin casi.
En aquella época, la tendencia dominante era la abstracción, y el realismo estaba mal visto, porque se consideraba un arte que copiaba de fotografías o de la realidad sin ningún interés.
Sin embargo, artistas como Chuck Close, Malcolm Morley o Richard Estes, desarrollaron técnicas totalmente nuevas de representación de la realidad, consiguiendo resultados siempre asombrosos. Lo que ha venido en llamarse fotorrealismo americano. En España, Antonio López es, sin duda, la figura más relevante de este hiperrealismo mágico.
Dice el crítico Miguel Ángel Gómez Cortés que los óleos de Castelló Avilleira reflejan un aire de nostalgia por un mundo anterior, donde los recuerdos (fotografías, postales, objetos y cartas) permanecen en sombra. En sus cuadros aparecen sulfatadoras, botellas antiguas, regaderas...
El propio Castelló Avielleira responde que intenta rescatar la nostalgia que desprenden: "Me encantan las antigüedades y quiero dejar constancia de todos los elementos y de la atmósfera." "Empecé trabajando la pintura impresionista y poco a poco me fui introduciendo en el realismo y después en el hiperrealismo, donde sigo."
Sobre sus composiciones de frutas dice:
"Últimamente estoy trabajando ese tipo de fotorrealismo americano. Me gusta rescatar la grandeza de lo mínimo, la gracia de la curva y el color." Y es verdad. En el fondo, sus cerezas, manzanas y moras, son curvas de color y de luz que rescatan desde lo mínimo la grandeza de la vida sencilla que nos rodea.
Que, a fin de cuentas, es lo que le gusta al palomo miope.
